¿Recuerdan el entrañable libro El Principito, escrito por Antoine de Saint-Exupéry? Después de la Biblia, es la obra más leída y traducida de todos los tiempos.
En sus páginas se narra la historia de un piloto perdido en el desierto, quien conoce a un niño proveniente del Asteroide B-612. A través de sus conversaciones, el piloto descubre al Principito, un alma sensible que en su pequeño planeta cuidaba con amor una flor muy especial: era una rosa. También vivía junto a tres volcanes, dos en actividad y uno apagado.
Esa rosa, hermosa y única, era también vanidosa, caprichosa, frágil y profundamente compleja. El Principito la amaba con todo su ser. Sin embargo, fue ella el motivo de su viaje por el universo.
La rosa salvadoreña
Esa rosa tiene nombre y apellido: Consuelo Suncín, una salvadoreña que fue esposa y musa del autor. Compartieron amor, pasión y letras, y es a ella a quien dedicó su obra más universal.
La historia de Consuelo está recogida en el libro La Rosa que Cautivó al Principito, escrito por su sobrina Abigail Suncín. En él se narra la vida de Consuelo develando una mujer que cautivó, no solo al Principito, sino que dejó una huella imborrable en quien la conoció.
Por Abigail también conocí una hermosa carta del Conde a su Rosa
“Consuelo, tú eres mi Rosa, eres el amor de mi vida. Te prometo escribir para ti la segunda parte del Principito en cuanto termine esta guerra, en la cual la Rosa del Principito se convertirá en la princesa de mis sueños.”
Pero la guerra no se lo permitió. Antoine fue derribado durante un vuelo, dejando a Consuelo sumida en el dolor… hasta que sus almas, se reencontraron más allá de las estrellas.
En El Salvador nos sentimos profundamente orgullosos de nuestros personajes ilustres, como Consuelo Suncín, quien llegó a ser Condesa de Saint-Exupéry. Una mujer valiente y decidida, que salió de un pequeño pueblo y logró conquistar el mundo con su inteligencia, carisma y pasión por la vida.
Los tres volcanes
Desde Armenia, su tierra natal, se contempla una de las maravillas naturales más imponentes de nuestro país: el Complejo Los Volcanes, conformado por dos volcanes activos y uno apagado. ¿Encuentran el parecido en las narraciones del libro?
Uno de ellos es el Volcán de Izalco, cuyas erupciones en esa época, alcanzaban tal elevación que podían verse desde alta mar. Por eso se ganó el nombre de El Faro del Pacífico, pues sus llamaradas guiaban a los navegantes que surcaban nuestras costas.
Curiosamente, el volcán que aparece en El Principito, dibujado por el propio Antoine, se asemeja con fuerza al perfil de este coloso salvadoreño. Una conexión que despierta la imaginación y nos hace pensar que, entre amor y recuerdos, nuestros volcanes también inspiraron la literatura universal.
El segundo es el Volcán Lamatepec o de Santa Ana, el más alto de El Salvador. Imponente y misterioso se encuentra justo al lado del otro volcán apagado, el Volcán Cuntetepeque, hoy conocido como Cerro Verde. Es en sus senderos frescos y cubiertos de neblina donde uno siente que, estirando el brazo, se puede tocar el cráter del Izalco con la mano. Desde aquí se respira naturaleza pura, se camina entre orquídeas y aves, y se alcanzan vistas inolvidables de los otros dos volcanes que, dicho sea de paso, se pueden también escalar.
En los alrededores se encuentran hoteles, restaurantes y lugares de glamping además de un hermoso espejo de agua, que brilla con el sol en el día y con la luna y las estrellas por la noche. Un cráter volcánico, de belleza inigualable, rodeado de montañas y que también se puede admirar desde el Cerro Verde. El Lago de Coatepeque es una maravilla de la naturaleza.
Indiscutiblemente Antoine, con la imaginación en el alma y Consuelo con la nostalgia en el corazón, pensaron en estos volcanes al escribir sobre el mundo del Principito. Y, como él mismo escribió, su Rosa fue inspiración no solo de amor, sino también de paisajes, de patria y de poesía.
Y así, entre volcanes y nubes, entre cartas y recuerdos, la historia del Principito también tiene raíces salvadoreñas.










